martes, 9 de septiembre de 2008

El descubrimiento de Vasco

Sólo restaban unas millas para llegar por fin de vuelta al puerto de partida. “El viaje ha sido duro, y aún no sé si mereció la pena”, pensaba Vasco, de pie en cubierta apoyado sobre un cabo de la amura. Frente a sí, a su carabela y a sus hombres, el mar circulaba encrespado de babor a estribor, siguiendo una corriente del Golfo de Cádiz. Los acantilados rocosos de su país de origen, Portugal, en la franja de costa por donde bordearían la Península Ibérica, conocida como el Algarbe, estaban coronados por verdes matorrales y se levantaban sobre playas de arena blanca. El viento soplaba fuerte y tensaba las velas mayor y trinquete, lo que les llevaría en poco tiempo de vuelta a casa.

Qué diferentes estos litorales en comparación con los que habían conocido durante su periplo. Ahora que el retorno estaba cercano, cuando pensaba en los motivos que le habían lanzado a una empresa que nunca jamás nadie antes había completado con éxito, un cierto sentimiento de nostalgia y ansias por comenzar de nuevo se adueñaban de él. El precio había sido elevado. De los cuatro buques que zarparon de Lisboa a través del río Tajo el 8 de julio de 1497, sólo dos regresaban a casa. 55 hombres de los 170 que partieron regresaron con vida para relatar a sus compatriotas las maravillas que habían visto en tierras lejanas.

Todo comenzó cuando Manuel el Afortunado, rey de Portugal, encomendó a un aristócrata llamado Vasco de Gama la tarea de continuar con las exploraciones que años antes, en 1487, Bartolomé Dias había realizado en el continente Africano. Bartolomé, bajo las órdenes del rey portugués Juan II, había rebasado el cabo más inferior del continente africano, bautizado como Cabo de Tormentas en un primer momento (fue debido a una de estas tormentas que los barcos de Bartolomé tuvieron que tomar tierra) y de Buena Esperanza posteriormente. Juan II y Bartolomé Dias habían continuado el legado del príncipe portugués Enrique, quien en 1419 se trasladó al cabo San Vicente (el más al sudoeste de Portugal) para iniciar las exploraciones más allá de los mares conocidos y en contra de todas las creencias que hablaban de aguas hirviendo al sobrepasar del cabo Bojador, al sur de Marruecos. Para ello se rodeó de marineros de todos los países costeros de Europa, incluyendo geógrafos, astrónomos, capitanes, navegantes, fabricantes de brújulas, etc.

Con las costas portuguesas adivinando ahora por el horizonte, Vasco de Gama recordaba su paso entonces al océano Índico, virando al oeste al doblar el cabo de Buena Esperanza, lo que nunca antes ninguna carabela, galera, carraca o nao europeo había logrado. Siguiendo por la costa oriental de África, la intuición le llevó a las costas de la actual Kenia, donde el sultán le permitió contratar a un guía que le tendría que guiar hasta el puerto indio de Calcuta. Tras un cambio de guía (el africano resultó ser un espía y tuvieron que alquilar uno árabe) y alguna revuelta a bordo, finalmente el 20 de mayo de 1498 encontraron un reino suntuoso, nada parecido a las tierras del norte de África. El rey de Calcuta, rodeado de una gran corte y de abalorios de oro, se sintió ofendido porque los extranjeros sólo traían coral, mantequilla rancia y algunos paños para comerciar. Con mucho esfuerzo, los hombres de Vasco de Gama consiguieron cambiarlo por especias (canela y jengibre), y partieron de vuelta a casa.

El retorno, como ya se ha comentado, fue duro. El escorbuto diezmó la tripulación de los navíos, motivo por el cuál se deshicieron de uno de los cuatro, ya que no disponían de suficientes hombres para tripularlo. Otro resultó hundido durante la travesía, por lo que sólo dos quedaban a flote en el momento actual. Eso sí, con las bodegas llenas de especias que podrían venderse por un precio 60 veces mayor al coste de la expedición.

Pero esto Vasco de Gama no lo sabía. Tampoco sabía que el rey Manuel le recompensaría hasta la saciedad con títulos, reales y tierras. De igual manera, desconocía que la ruta abierta por él y sus hombres sería cruzada en el futuro por los modernos galeones, fragatas y bergantines, iniciando así el comercio con las India.

Tuvo que ser una época dura, y seguro que los viajes no fueron tan idílicos como los libros nos han transmitido. La prueba está en que sólo un tercio de los hombres que partieron volvieron a tierra. Pero qué duda cabe que el espíritu aventurero y descubridor que por aquellos siglos imperaba, con el descubrimiento en la práctica de nuevas mundos y rutas, en el momento actual se ha perdido en cierta manera. Qué suerte tuvieron aquellos hombres, a los que la historia permitió conocer la sensación de llegar donde nadie antes había estado. Hoy en día, esa sensación puede tenerse en ciertos parajes montañosos y en el fondo de algunos océanos, pero no es lo mismo. En el futuro, quién sabe si el espacio exterior nos deparará grandes viajes como los de Vasco de Gama.

No hay comentarios: